La vida en los Fortines Argentinos

El fortín
“Cuando uno ve, como yo he visto, a estos nobles mártires de las civilizaciones argentinas abandonados en pelotones de cinco hombres en el seno de un desierto, cuyo aspecto salvaje e inmensa soledad imponen, sin techo y sin cama, supliendo con vizcachas, liebres, avestruces, perros, zorros y zorrinos las economías de congresos que legislan pretensiosamente sobre cosas que no estudian, cubiertos con harapos de brin, cuando la atmósfera se puebla de copos viajeros de nieve, envueltos en el paño burdo cuando la arena quema y el aire ahoga a 35 grados centígrados a la sombra, y a todas horas a caballo, en peligro, sin reposo, sin sosiego, sin mujer, sin hermanos, sin amigos que mitiguen aquellos supremos dolores y padecimientos, se siente un impulso de generosa simpatía hacia el soldado argentino.” “Viaje al País de los Araucanos”, Estanislao Zeballos.

“Parece que no hubiera nada más penoso ni nada más ingrato que el servicio de fronteras, y sin embargo hay algo más terrible aún. Y este algo es el servicio de fortines, donde hay momentos en que la vida se hace positivamente inaguantable. Allí va un oficial con cuatro o más soldados, según la importancia del Fortín que ha de guarnecer, y pasa un mes o sus dos meses en aquel verdadero presidio, donde no ve más cara humana que la de sus cuatro soldados.” “Croquis y siluetas militares”, Eduardo Gutiérrez.

“Y con el Fortín: Va desapareciendo hasta el recuerdo de los oscuros y pobres milicos que han pasado allí tantos días de penuria, tantas noches de sobresaltos, que han rechazado tantos ataques y librado combates feroces. Bajo el montón de arena, en las zanjas borradas, también algunos de ellos quedan, durmiendo el eterno sueño.”





 “Este Fortín es el más miserable de los que llevo hasta ahora conocidos, y me atrevo a asegurar que en tal sentido ninguno lo supera de todos los que existen en la vasta línea de fronteras. Ni siquiera tiene una choza miserable que de albergue y proteja contra el viento, la lluvia, el frío o los crueles calores del verano, a los dos infelices soldados que le guardan, perdidos allí, en medio del desierto, como centinelas avanzados de una civilización que olvida sus sacrificios.” “La Conquista del Desierto”, Remigio Lupo, refiriéndose al Fortín Rivadavia o Constancia, establecido en la  de 1876, guarneciendo la línea de telégrafo.
Fotos Néstor O Salgado//Informe histórico relatado por Eduardo Hiriart

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